jueves, 21 de abril de 2011

Cambio de rutina

7:10 para llegar ajustado. A las 8:30 empiezo. No es que sea rutinario, o simplemente un reloj suizo. A veces llego tarde. Ser amigo del jefe tiene sus ventajas, siempre que no se abuse. No sorprendentemente, llega dos minutos tarde. Intento ser civilizado, dejando pasar a las personas y no empujando, pero no te dejan. Te sentís en el medio de un scrown de rugby por unos instantes, y perdés el punto de equilibrio hasta a veces precipitarse sobre alguien que no tuvo la fuerza suficiente para empujarte para el otro lado, concretando el ritual del sánguche. Pero eventualmente encontrás tu lugar en el tren, accediendo a viajar sin pena ni gloria, hacia un nuevo día de trabajo. Uno más. Faltan 14 para llegar al único cometido de esto: el día de pago, para al fin y al cabo, no llegar a comprar lo que quisieras, y tener que conformarte nuevamente con algún gustito menor: ir al cine de vez en cuando, quizás invitar a una chica a cenar, pero haciéndolo a sabiendas que la verás solamente dos veces más, y en el mejor de los casos, implicará algunas noches de placer, pero simplemente no es la persona que buscás. Casi parece que uno redacta una regla, porque creo que es mejor evidenciar esperando que el destino te tenga una sorpresa y me cambie las cosas. Pero no. Ese deseo de querer ser la excepción a cada regla, queda únicamente en deseo.
Comienza el aleteo y el péndulo. Adrogué a Constitución: 40 minutos. Alguien que quiere moverse, y estar más cómodo que el resto. Me molesta que intenten pisar tu derecho a estar un poco más cómodo, porque ellos se sienten especiales. Quisiera gritarles: “único, sí… especial??? NUNCA”. Pero eso desencadenaría una de las tres posibles secuencias:
• Se rectifique, haciendo una disculpa pública o no, y no vuelva a intentar cometer ese delito contra los derechos de los otros humanos.
• Surja una discusión con un grado de violencia que puede variar entre algún insulto, y mi pera en el piso.
• Se genere una discusión enriquecedora sobre la diferencia de los conceptos “especial” y “único”, en la que yo aseguraría que la persona en cuestión es un fiel ejemplo de lo que José Ingenieros quiso exponer con “El Hombre Mediocre”, lo que seguramente haría que pase a ser el segundo caso.
Me parece más prudente, por más que no me guste, callarme y aguantarme las ganas. Prefiero escuchar música, como método no conductor de problemas ajenos a mi mundo.
En Temperley siento un dolor punzante en una costilla. Codo mal acomodado de una clara secretaria administrativa en plena cuarta década. Como sé que no tiene opciones, simplemente intento acomodarme, sin éxito. La miro. Me mira. Mira su codo, y me mira nuevamente. Se da cuenta, e intenta acomodarse. En el estómago molesta menos.
Hoy, en vez de los divagues religiosos y matutinos, me llamó la atención una señorita de unos veintipico. Más allá de lo claramente linda que era, me atrapó su concentración en un libro de Borges. A través de sus delicados lentes de marco negro, algo cuadrados, que traslucían sus ojos miel, sólo posible acercar su belleza en la profundidad que intentaban esconder, me sentí esclavizado y sin salida, cuando levantó su mirada, y la clavó como estacas en mis ojos sorprendidos. Por supuesto, desvié la mirada. Pero fue suficiente para que se sienta vergüenza en el aire. Pensé escuchar cómo la señora secretaria administrativa generó un híbrido entre una risa y una sonrisa, pero al mirarla, una seriedad absoluta se apoderó de sus ojos y continuó mirando el sticker de publicidad de plomero que estaba pegado al lado de la puerta.
Intenté no pensar en la señorita para evitar posibles miradas incómodas a futuro, pero antes de darme cuenta, estaba haciendo un close up a su piel. Me concentré en sus leves imperfecciones en la piel, y su casi imperceptible vello rubio en su rostro. Comencé a recorrerla tanto en mi imaginación como con mis ojos. Presencié sus suaves pestañas sin maquillar, y el contorno que generaban en su nariz pequeña y delicada. Intenté detenerme, pero ya era muy tarde: estaba compenetrado en sus labios finos, deseando no dejar de contemplarlos hasta que la distancia se vuelva un número negativo.
Cerré mis ojos. “No es que sea imposible, pero sí hay cosas improbables, está en la lista.” Volteé a la nada. Mi mundo comenzó a pasar ante mis ojos. Trabajar, viajar, estudiar, viajar. Los fines de semana, estudiar y quizás ver algún amigo. Siempre con la esperanza de conocer a quien cambie mi vida, y ya no tenga que trabajar, viajar, estudiar, viajar a solas. Me deshice de mis esperanzas. Bukowsky ya lo dijo: nadie encuentra jamás al otro, por más que busque de cama en cama.
Lanús. Bajan 10, suben 20. Las personas se reacomodan después de cerradas las puertas, a ver si pueden lograr encontrar un espacio mínimo, pero según ellos, vital para su subsistencia. En medio de este proceso, me empuja un trabajador de la construcción, intentando acomodar su bolso. Me reacomodo como puedo, y para mi sorpresa, quedo enfrentado con la señorita en cuestión. Nos miramos. En ese instante se quitó los lentes; guardó su cuidado libro de tapa dura contra su pecho. La vergüenza se apoderó nuevamente del ambiente, y pensé escuchar nuevamente a la secretaria administrativa generar su sonrisa híbrida. Pero esta vez, no le quité los ojos de encima. Comenzamos a bailar al compás del trayecto Lanús – Guerli, sin dejar que el movimiento nos distraiga de nuestra meta: hacer reír al otro. Yo quería eso, al menos. Hubiera sido suficiente para romper el hielo, y que suceda. No sucedió. Pero tampoco dejábamos de contemplarnos.
Nadie subió o bajó en Guerli. O al menos nadie que me haya hecho reacomodar. Estaba demasiado ocupado para prestarle atención a algo diferente. En ese momento, ideé un código: me saqué los auriculares. Guardó su libro en la cartera. Al bajar su mano luego de liberarla, rozó la mía, y sin duda nos sonrojamos, pero la falta de aire del tren hizo difícil saberlo a ciencia cierta. Sin dudar un instante, sabiendo que mi oportunidad era esa, acaricié su piel con mi índice, pero sin saber quién fue el culpable, al terminar un suspiro, nuestras manos estaba entrelazadas. Y nuestras almas.
Los minutos corrían miles de veces más rápido de lo que yo hubiera querido. Sin decir una palabra, continuábamos llenando el abismo solitario del otro. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en Constitución. Dejamos que los apresurados bajen, para emprender nuestro camino sin sobresaltos. Salimos de la dársena de la mano, y nos abrazamos mientras las personas circulaban a cientos de kilómetros por hora. No nos importaba nada.
Diez minutos más tarde, el episodio era un recuerdo más. Ella había ido hacia los colectivos, y yo debía tomar el subte. “Carla”, fue la única palabra que soltó. “Alan”. Fue suficiente.
Hace un mes, tengo otra perspectiva. Hago todo con la esperanza de mañana poder volver a contemplar sus ojos. Quizás, sea mañana. Estoy feliz. Bukowsky, no tenía razón.

3 comentarios:

schamton dijo...

:) es cierto?

Apfel dijo...

NO. Dejen todos de preguntar lo mismo. Yo no vivo en Adrogué... :p

ximena cavrera dijo...

Y si conozco a carla