jueves, 26 de enero de 2017

Hacia un país sin populismo

Es probable que si hiciéramos una encuesta o una consulta popular, para saber si las personas quieren que se bajen sus impuestos, obtendría una amplia mayoría el “SI”.
Sin embargo, habría planteos de algunos sectores, como por ejemplo, a quiénes afectan más los impuestos; si efectivamente los impuestos altos ayudan a subsidiar a los pobres y mejorar su estilo de vida, o si es solo una ilusión, o cuál es el óptimo de impuestos a lo que debe apuntarse: Diez por ciento? Veinte? Treinta? Cuarenta? Pero más compleja es la pregunta de: qué recortamos? En cuánto tiempo podemos recortar eso? Aplicamos política de shock, o gradualismo?
No es secreto que una amplia mayoría de economistas, cree que las políticas de shock son más efectivas. Pero he aquí lo que nos compete hoy: ¿puede ser que esas políticas hayan creado las condiciones para el crecimiento del populismo en Sudamérica?
La reincidencia
El plan Real en Brasil fue un éxito bajo cualquier análisis posible. Pasó de una inflación por encima del 40% mensual, a 3% durante el segundo semestre de 1993. Con este plan económico como estandarte, Henrique Cardoso es elegido Presidente en 1994, y reelecto en 1998. Pero en el 2002 ganó Lula, quien en los siguientes 8 años, fue ahorcando a la gallina de los huevos de oro cada vez un poco más, y dejando el poder con una carga fiscal todavía sostenible. La caja fue utilizada con fines electorales, pagando el “bolsa familia”, obra pública, entre otras cosas.
Pero Dilma, terminó de dilapidar el plan de Cardozo, generando una estanflación que cualquier economista serio podría haber predicho.
El caso de Perú, es quizás más llamativo: en 1990, después de 5 años de presidencia de Alan García con políticas de expansión monetaria en Perú, el equipo del recientemente electo, Fujimori, anunció el plan de shock económico con las famosas palabras “Que Dios nos ayude”, buscando eliminar la híper inflación que había heredado. El Inti, la moneda peruana, no valía nada. El plan económico de shock impulsado, logró que un año más tarde, la inflación fuera prácticamente inexistente. Luego de 11 años, a Fujimori lo sucedió Alejandro Toledo, en el 2001, que aplicó políticas de apertura económica, baja impositiva y respeto por las instituciones. Sin embargo, durante su presidencia tuvo momentos con 8% de aprobación según las encuestas, y pasó por una crisis muy fuerte de gobernabilidad. Alcanzó con más pena que gloria el final de su mandato, en el 2006, para tener que entregarle la presidencia nada más, y nada menos, que a Alan García. Sí, el mismo que generó la hiperinflación y colapsó la economía y la moneda.
En nuestro país, salimos de una hiperinflación por el plan de convertibilidad. Se buscó bajar el altísimo gasto que se tenía en el Estado, privatizando las empresas estatales que además de ser deficitarias y tenían un exceso de empleados, también eran extremadamente ineficientes e ineficaces. La población en ese momento, estuvo de acuerdo con gran parte de las medidas tomadas. Incluso, fue un gobierno peronista el que tomó esas medidas tan poco populares si las pensamos hoy. El plan fue un éxito, a pesar de tener sus grandes fallas: las concesiones para exportar mercados al comprar las empresas estatales, debían ser de 5 años de exclusividad. Sin embargo, esta medida no fue levantada. A pesar de todo, a grandes rasgos, se aplicó estas medidas de shock. En 1999 se votó un cambio de formas, ya que era conocida la corrupción de Carlos Saúl, pero la Alianza no prosperó, y se encontró con una grave crisis de representatividad tan solo 2 años después, al grito  “Que se vayan todos”. Conocemos esta historia: no se fueron todos. En las elecciones del 2003, entraron 2 peronistas al ballotage, y La Argentina volvió a caer en el peronismo y populismo. Cabe resaltar que nada más y nada menos, el que ganó la Primera Vuelta Electoral, fue el Senador Carlos Saúl Menem, con una imagen negativa de 68% para ese entonces.
Vamos encontrando un patrón: la efectividad de la política de shock es indiscutida… económicamente.
Cada vez que sale un gobierno populista del poder, sin un plan de largo plazo, viene después uno no populista, que se encarga de hacer las reformas necesarias para que no colapse el país en default, déficit enorme, y otros males económicos.
Pero este cortoplacismo por corregir las desviaciones del mercado y el mal accionar de los políticos de turno, cuando usan la caja del Estado para solo pensar en ganar votos, no ha tenido el efecto deseado en Sudamérica. El populismo, vuelve. Electoralmente. En algunos casos, más de una vez. El costo social y económico de las crisis provocadas por esta reincidencia al populismo es incalculable. Debemos ser conscientes que no acompañar los cambios económicos con un cambio cultural, es probable que nos dirija nuevamente a este populismo.
¿Reformas no populares?
Nunca un monopolio va a estar contento de tener que competir, por lo que siempre habrá quienes estén contra cambios que introduzcan mayor competencia, si ellos se ven beneficiados porque ésta no exista. Parece obvio, pero no lo es cuando son sectores grandes de la economía los que hacen este lobby y se victimizan ante la opinión pública. Puede suceder con gremios, empresas con acuerdos con un gobierno, “proteccionismo”, y otras formas de distorsiones. Es natural que estas personas y empresas intenten cuidar su propia gallina de los huevos de oro haciendo todo lo posible por mantener sus ganancias extraordinarias o beneficios. Intentar reformar todos estos sectores con intereses económicos al mismo tiempo, genera un lobby que podría desencadenar en conflictividad, paros generales, y otras formas de presión, quizás hasta desestabilizando la gobernabilidad.
Sin embargo también existe otro grupo que se encuentra expectante de las reformas propuestas, que no se ve afectado directamente por ellas, con mayor o menor impacto en la opinión pública. Pero no debemos olvidar, que muchas reformas posibles sí las afectan indirectamente: por ejemplo, bajar el gasto público, reducir el déficit o aumentar la eficiencia del Estado, puede usarse para bajar impuestos, y esto sí puede afectarlos. Si la comunicación acompaña, estas reformas propuestas podrían incluso gozar de popularidad.
Queda claro, entonces, que no puede reformarse todo al mismo tiempo, y que la comunicación a los sectores que son beneficiados indirectamente por los cambios, es prioritario. Comenzar las reformas por los sectores que mayor impacto tienen en las arcas del Estado parece ser lo natural, buscando no crispar a más de uno al mismo tiempo, ya que como bien sabemos, los sectores conflictivos (léase kirchneristas, gremialistas alineados con el anterior gobierno y organizaciones sociales), se sumarán a cualquier reclamo que exista. Por lo tanto, es necesario que los cambios económicos sean contemporáneos a otros culturales, en los que las personas dejen de elegir ese populismo.
Cambio económico, y cultural
La Argentina, así como lo países de la región, se han enfrentado en varias ocasiones a una disyuntiva muy importante: crecer a tasas chinas, con la posibilidad de una crisis una vez por década (empíricamente hablando), o crecer a tasas europeas de entre el 1 y 2 % anual, pero esto claramente no es tan apetecible electoralmente, porque no puede venderse como el milagro generado por el político de turno. Hasta ahora, nuestro país ha elegido una y otra vez el exitismo del político que puede mostrar cualquier esbozo del milagro alemán. No es solo en la elección de políticas que debe cambiar nuestro país, sino también en su elección de largo plazo. Para esto, las personas deben comprender que la riqueza la generan las personas, con su trabajo, y no los políticos.
No todo lo que ha hecho el gobierno de Cambiemos hasta la fecha fue perfecto; no hay gobiernos perfectos. Pero queda claro que los objetivos en el corto y mediano plazo, son cambiar el paradigma de La República Argentina, donde el peronismo es el único que puede terminar los gobiernos. La receta del shock hace que vuelva ese populismo que tanto mal le hace al país. ¿Queremos a Wado de Pedro Ministro? ¿Máximo Kirchner Presidente? ¿Ottavis en cualquier lado? ¿A Cabandié bancándose ser embajador?
John Maynard Keynes aseguró que la economía era como un motor: es necesario una chispa para arrancarla. De la misma forma, algunos piensan que los problemas económicos son como una enfermedad, que debe ser curada: una muela picada, o un cáncer, que hay que extirpar cuanto antes. Pero se olvidan que la economía no es un motor, ni los problemas económicos son una enfermedad. La economía, y la política, son personas. Detrás de cada acción, de cada patrón o estadística, hay personas con nombre y apellido: madres, padres, hijos, hermanos, que sufren ante las malas decisiones que se toman desde la cúpula política, y quieren ser libres para decidir sobre sus vidas. La economía, es orgánica.
Pero necesitamos que los cambios puedan mantenerse en el tiempo, y eso se traduce en victorias electorales. No nos olvidemos: no hay cambio sin las personas. Sin ellas, volveremos a cometer, como país, los errores pasados. Con ellas, podremos decir que realmente #Cambiamos.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Menos Venezuela, Más Argentina


Un amigo cercano participó durante el año 2012 de un seminario sobre derechos humanos en Alemania, y tuvo la desgracia de verse obligado a tener que exponer acerca de la situación de nuestro país. Considerando que asistían a dicho encuentro personas de lugares conflictivos como Palestina o Libia, él tuvo miedo de parecer poco importante, por lo que su expectativa se limitó a pensar que pasaría sin pena ni gloria; él habló por media hora acerca del reciente instalado cepo cambiario, la ley de medios, los sobreprecios de la obra pública, la inflación, las mentiras del INDEC y mencionó al final la valija de Antonini. Nada fue más alejado de la realidad: el representante de Libia, con la Primavera Árabe como antecedente meses atrás, se acercó después de finalizar, para comentarle lo preocupado que había quedado con la situación de La Argentina. Sí, señores: los atropellos y abusos que sufrimos en este país, preocuparon a alguien que recientemente tuvo enfrentamientos con derramamiento de sangre.
Quizás es posible resumir los últimos 12 años de política internacional en algunos escándalos que hemos tenido. En primer lugar, los ojos del mundo se posaron sobre la Argentina el 12 de octubre de 2012, cuando el buque escuela de la armada, la Fragata Libertad, fue retenido en el puerto de Acra, Ghana, por pedido de los tenedores de deuda defaulteada argentina, también bautizados “fondos buitres” por el relato kirchnerista. Ellos solicitaron la retención del buque con el objetivo de negociar el cobro de papeles de deuda que no habían entrado en el canje del año 2001. El conflicto generó un clima de tensión entre los gobiernos de ambos Estados, que se acusaban mutuamente de incumplir el derecho internacional. Finalmente, tras dos meses de arduas negociaciones e intervenciones de la ONU la fragata pudo volver a nuestro país, pero no sin antes quedar expuesta internacionalmente, hasta ser mencionado el caso por medios de alcance mundial, como hasta ser parodiado por diferentes medios de Estados Unidos, Brasil, Francia y Reino Unido.
El otro caso que denota a la perfección el manejo de las relaciones exteriores durante los 12 años de kirchnerismo es el de la causa AMIA, y el posterior desenlace de hechos que culminó con la aparición del cuerpo sin vida del fiscal de la nación Alberto Nisman, a solo horas de la hora pautada para exponer pruebas en el Congreso de la Nación. Luego de más de 10 investigaciones, el gobierno de Cristina Fernández decide firmar un memorándum de común entendimiento con la República Islámica de Irán, en donde se establecía que los sospechosos del atentado iban a ser juzgados por una corte iraní. A raíz de esto, el fiscal Nisman realizó una investigación en la que se probaba el encubrimiento de los sospechosos del atentado por parte de algunas figuras de las altas esferas del poder kirchnerista, salpicando a la misma Cristina Kirchner, el canciller Timerman, Luis D'Elía o Fernando Esteche. La muerte del fiscal trajo consigo un sin fin de teorías y acusaciones cruzadas. Desde el kirchnerismo se hizo todo lo posible para ridiculizar la figura del fiscal y entorpecer la investigación sobre su muerte, y al mismo tiempo que el mundo se horrorizaba por su muerte, el kirchnerismo insistía en demonizar y ridiculizarlo. El ámbito internacional no fue indiferente: los diarios del mundo publicaron acerca de ello, mientras que por algunos meses, el resonar del eco a “argentino” fue “Nisman”, para toda charla con un extranjero.
Podríamos continuar con diversos papelones o conflictos que hemos tenido, pero no haríamos justicia al tiempo del lector: ya podemos concluir que la calificación del mundo desarrollado durante estos años, fue en el mejor de los casos, regular. Y los índices, tampoco ayudaron.
No fue sorpresa que en el día de ayer el primer presidente afro americano de Estados Unidos, de esquiva agenda para la ex presidente, se anime a decir públicamente en la CNN en español "A la presidenta (Cristina) Fernández yo la veía a menudo en los eventos del G20 o similares. Teníamos una relación cordial, pero en lo que respecta a sus políticas, sus políticas de gobierno eran siempre antiestadounidenses. Creo que ella recurría a una retórica que data probablemente de los años 60 y 70 y no a la actualidad", haciendo público lo que siempre fue gritado en voz baja: La Argentina no era confiable para las potencias. Sin embargo, existió un giro en la visión de este presidente: visitará nuestro país de forma histórica, siendo la primera vez que en la gira que realiza alguien con este cargo, sólo visitará nuestro país de Sudamérica, entre el 23 y 24 de marzo.
Pero éste no fue un caso aislado: nuestro país fue el tema para hablar en el foro económico de Davos, en el que las políticas económicas que seguiría el nuevo gobierno fueron seguidas con gran atención por los concurrentes, tanto empresarios como emisarios políticos. La prensa también hizo eco que Macri haya concurrido al foro con el principal líder de la oposición, hito que marcaba con creces el cambio de rumbo que se está dando en nuestra política.
Esto nos trae al presente: en tan solo 100 días de gobierno se ha retirado el cepo cambiario, se aprobó la media sanción en la Cámara de Diputados para que el país salga del default, se ha comenzado a investigar la corrupción del gobierno anterior, se bajaron impuestos clave para lograr una mayor producción de la economía, y principalmente, hemos consolidado un ambiente de diálogo tanto internamente, como externamente. Por supuesto, puede haber errores y hay desafíos a los que aún no nos hemos enfrentado en este proceso hacia la “normalidad”, pero así como el ya citado Barack Obama fue un símbolo a nivel mundial acerca de la posibilidad de un cambio, con el slogan “Yes we can”, nuestro país sin siquiera proponérselo, ha logrado en tan pocos meses, que el proceso de cambio que hemos comenzado sea no solo reconocido por algunos países, sino hasta envidiado con el slogan en las protestas del domingo pasado en Brasil, mostrando algunos sorpresivos carteles: Menos Venezuela, más Argentina.
El camino de este período presidencial recién comienza, y no escasearán los desafíos en estos años. Pero si quienes hace unos años nos tenían lástima, en solo unos meses pueden tomarnos como ejemplo de un cambio, no nos equivocarnos al afirmar que estamos en el sendero correcto.

martes, 16 de febrero de 2016

En busca de libertad

En nuestro país hemos comenzado una serie de cambios desde el 10 de diciembre, que nos están llevando hacia la normalidad. Eso incluye económicos, sociales, contractuales, políticos y muchos otros que trascienden lo que siquiera se planteó en la campaña.Una de las problemáticas más duras que estamos enfrentando en el ámbito económico, es la inflación, que es un fenómeno social y económico. Si bien existen muchas teorías acerca de ella, una sus causas es un punto de encuentro para todos: el exceso de moneda circulante, causado por la impresión desmedida (en criollo, se imprimieron billetes de más) presiona a que los precios suban lentamente. Pero analizar cómo combatirla, ya es una epopeya hasta para los más galardonados economistas.

En primera instancia debe disminuirse la emisión de billetes. Parece una obviedad, pero más de uno se sorprendería al analizar las acciones que se toman en el mundo, y ver eso no se hace en muchos casos. El motivo es que el Estado queda sin una herramienta con la que pagar obligaciones adquiridas, por lo que sería necesario buscar otras fuentes de financiamiento o bien, bajar el gasto. Pero seamos claros: el gobierno de Cristina Fernández, dejó un déficit del 7% del PBI, sin contar otras obligaciones. Esto equivale a un mínimo de 35 mil millones de dólares, pero quedan muchas áreas por auditarse, y este monto podría subir. El gobierno está recurriendo a ambos caminos; por un lado buscando que las personas produzcan más, y por lo tanto, teniendo que pagar impuestos por esa vía, a pesar que han bajado impuestos en varios rubros, y por el otro, desvinculando contratos de personas que no trabajaban realmente en el Estado, cerrando dependencias, achicando organigramas, eliminando subsidios, y hasta parando obras por licitaciones de dudosa legalidad, o sobreprecios. Esto debería alcanzar para comenzar a equilibrar las cuentas públicas hacia el mediano plazo.

Pero la inflación es un monstruo complejo, en el que las medidas milagrosas no existen. Las expectativas de las personas hacia la inflación, han generado una indexación de todos los bienes a ello. Por ejemplo, existen contratos que estipulan subas a través del tiempo del mismo, como muchos de inmuebles, y por lo tanto las personas tendrán que cumplirlos a pesar que implican una presión mayor en los bolsillos de los ciudadanos. De no poder hacerlo, podríamos presenciar un enorme problema. Al encontrarnos con este panorama sombrío, el único camino viable es bajar gradualmente la inflación, con las paritarias indexadas. Mientras tanto, el gobierno se centrará en generar trabajo, aumentar la productividad, y especialmente, dar el marco de estabilidad institucional, legal, económico y social para que las personas puedan llevar a cabo sus emprendimientos.

Pero existen otras problemáticas que serán necesarias resolver para lograr el objetivo planteado. Desde que hubo un ganador del ballotage, hasta el día del cierre del cepo cambiario, la expectativa de los comerciantes y empresas, fue que el valor del dólar iba a dispararse hasta los 16 o 17 pesos, como mínimo, y ante el miedo a perder dinero, subieron los precios de sus productos a niveles que eran injustificados desde cualquier punto de vista, incluso oferta y demanda. Claramente, esto tuvo consecuencias: las empresas vendieron menos productos y los comerciantes presenciaron su época navideña de vacas flacas, por lo que muchos retrotrajeron nuevamente los precios, pero con limitaciones. Algunos, y menos que el aumento. Quiero dejar muy en claro que los comerciantes no son los culpables por la inflación, sino apenas un síntoma más.

Esto nos trae a la problemática actual: el Ministro de Producción de la Nación, Francisco Cabrera, anunció que se pedirá que las empresas (no PyMEs) que venden productos de forma minorista, publiquen los precios de los productos en internet, para así lograr mayor transparencia y seguimiento de los precios, y en caso de no hacerlo, o mentir en la publicación, se aplicaría una multa a la empresa. Esto ha generado revuelo en algunos sectores intelectuales, ya que alegan que atenta contra el espíritu del libre mercado, y síntoma de un Estado omnipresente, que quiere tener todo bajo su control. Incluso algunos llegaron a decir que este gobierno es kirchnerismo con otro color, menos choris y Tan Biónica.

Disiento totalmente, y pretendo explicar mis razones, Por un lado, la información está muy dispersa en todos los individuos, por lo que es imposible que nadie logre acumular toda esa información y tomar decisiones para planificar la economía. Esta es la premisa básica que usó durante toda su vida como economista, Friedrich von Hayek, premio nobel de economía y uno de los principales exponentes de la Escuela Austríaca. Esta corriente de pensamiento ha siempre mantenido la premisa que los individuos son quienes mejor saben cómo utilizar su propio dinero, ya que nadie mejor que ellos para saber qué es importante para sus vidas, y por lo tanto no precisan que un Estado paternalista les diga o "sugiera" cómo deben usar el dinero.

Por el otro lado, tenemos que comprender cómo se generan los precios de los productos que compramos todos los ciudadanos. Una gran parte de los precios, se manejan por la ley de oferta y demanda. Pero la realidad es un poco más compleja que esto, ya que la gran mayoría de los actores de la economía son pequeños, y no tienen la capacidad de hacer estudios de mercado para saber la elasticidad precio de sus diferentes productos (en criollo: si ganarían más o menos en general, subiendo o  bajando el precio de un producto). Estos actores pequeños, que pueden ser almacenes, el chino, la pizzería o la panadería del barrio, miran principalmente dos factores para hacer el cálculo de a qué precio vender:
1) Cubre los costos (tanto el producto, como la instalación por tenerlo en stock, el sueldo de los empleados, el costo de los servicios necesarios, y deja una ganancia no menor al 15%.
2) ¿A cuánto lo está vendiendo el supermercado grande, como Coto, Carrefour, Disco, o la cadena de pizzerías?
Considerando estos factores, sabrá si puede venderse a un precio más alto, o si directamente no le conviene comerciar el producto.
Debido a esto, nos encontramos con el panorama aterrador de tener que decir que los kirchneristas en algo tenían razón: existen quienes sí son formadores de precios, gracias al punto 2. Estas grandes empresas, sí pueden hacer uso de los conocimientos de la ley de oferta y demanda para maximizar su ganancia y por lo tanto, dar máxima eficiencia a la economía, pero al especular sí pueden generar una cadena de aumentos de toda la economía, ya que tienen influencia en cómo los demás generan sus precios. Eso no significa regularlos, o hacer acuerdos de precios como hizo el kirchnerismo.

Lo que está haciendo el gobierno de Mauricio Macri con esta medida, es intentar que los precios sean una información pública, para que los consumidores tengan mejor acceso a ella. De esta forma, los individuos son quienes mejor sabrán cómo utilizar su propio dinero, ya que nadie mejor que ellos para saber qué es importante para sus vidas, y por lo tanto no precisan que un Estado paternalista les diga o "sugiera" cómo deben usar su dinero. Siendo pública, estas grandes empresas tendrán un desincentivo a subir los precios a menos que sean necesarios. Pareciera una obviedad que no tengan incentivos a subirlos, ya que podría significar menos ventas, pero lamentablemente no es algo lineal. Existe una práctica muy común en el ámbito comercial, que es utilizar la confusión de precios y la falta de estabilidad, para subir el precio de algunos productos, para luego bajarlo por una oferta, y así poder anunciar que el descuento es en realidad muy mayor al que originalmente debería. Esto está basado en un fenómeno socio económico, que indica que las personas tienden a comprar más si ven carteles con rebajas mayores. Esta clase de práctica podría ser expuesta fácilmente si los precios son públicos, como se pretende, con solo hacer un pequeño historial de precios de la misma empresa, o bien, comparando los precios del producto en diferentes firmas.

En un país ideal esta clase de medidas no serían necesarias, ya que el en primera instancia es el ciudadano quien decidiría libremente, y penalizaría personalmente o en común acuerdo con sus allegados a quienes no publican los precios de una forma que a ellos les sirve. Y por esto mismo, no serían necesarias las multas a quienes no cumplen con la normativa. Pero he aquí la la cuestión: sabiendo que no estamos en un país ideal, ¿es este el mayor grado de libertad para las personas que podemos lograr? ¿No existe un abuso de parte de algunos actores económicos, a la falta de información de las personas? Los comercios se aprovechan del costo oportunidad de las personas, cobrando por algunos productos precios muy mayores al del mercado ya que el ciudadano no quiere perder tiempo en ir a otro lugar otro lugar para comprar un producto que se encuentre muy caro donde está, o bien, el ciudadano no tiene la información como para saber si existe otro comercio donde lo que busca sea más económico. Por lo tanto, yo considero que la libertad es que cada uno pueda decidir dónde comprar, pero también es que pueda hacerlo antes de ya estar perdiendo el tiempo en ir hasta el lugar. Y si bien las personas deberían ser quienes presionen para que esos cambios existan, esto no sucede. Este no es un mundo ideal: estamos en una argentina donde te penalizan si querés pagar con tarjeta de crédito, por más que lo hagas en un solo pago; donde te cobran 35 pesos de servicio de mesa por ponerte dos panes mediocres, sin mantel; donde muchos lugares no aceptan ni siquiera tarjetas de débito, para no tener que hacer todas las transacciones en blanco; donde se da de baja un servicio, y 3 meses después, siguen debitando de la tarjeta de crédito. Seamos claros: hay un factor cultural que debe modificarse, que no se va a lograr de un día para el otro, con libre mercado. Eso es teoría.

Tenemos que preguntarnos cómo vamos a alcanzar mayor libertad para los individuos, Por mi parte, coincido con Mauricio Rojas: "el ejercicio real de la libertad exige condiciones que tienen que ver con el acceso a ciertos recursos y seguridades básicas, sin las cuales la libertad queda reducida a una pura promesa incumplida". Define en su trabajo que para una persona que es libre para leer todos los libros, es una broma de mal gusto, si nunca aprendió a leer. El principio es el mismo: no seremos realmente libres, si no podemos acceder a la información. A pesar que exija ciertas obligaciones para ciertos actores económicos, es hora de alcanzar un mayor grado de libertad para todos, con información pública y libre.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Cambiemos... ¿o cambien?



Si uno conversa con las personas, de casi cualquier realidad socio económica y cultural, la gran mayoría coincidiría con la siguiente premisa: “Los políticos son unos ladrones y una porquería”, como si fuera una máxima bajo la que rige la realidad argentina. Hay quienes consideran que esto no es representativo de la sociedad, pero… ¿es relevante si la realidad es diferente? ¿Acaso la sola percepción de dicho dogma no genera por sí misma una paralización de las personas para con cualquier actividad o motus político, como si fuera “una sensación de inseguridad”? Me tomaré el atrevimiento de describir algunos de estos preconceptos, y las consecuencias en las personas.


Frustración ante la falta de meritocracia


Los procesos de selección para tanto puestos que deberían ser por trayectoria, como políticos, en gran parte dependen de los contactos que tengan las personas; el amiguismo. Ese proceso contabiliza tantos casos, que prácticamente todas las personas conocen de haber conseguido trabajo o puestos por tráfico de influencias. Eso no implica no seleccionar a quién uno quiere para un puesto, pero sí implica dar oportunidades iguales en caso de no presentarse ante la necesidad de plena confianza del empleador por la calidad del material que se maneje. Ésto genera una clara reacción negativa ante el mercado laboral y un descreimiento de las capacidades y buenas intenciones de las personas hacia quienes tienen puestos de relevancia. Lo único que afecta ésto, es la expectativa que tienen las personas de bajos recursos en alcanzar la clase media, ya que consideran que sin contactos, no podrán llegar, y por una realidad socio cultural, no suelen tener acceso a ellos.


“No hacen nada”


La percepción que existe ante las obras públicas y calidad de la gestión en las diferentes áreas, lleva a que la mayoría de las personas descrea que los políticos están para servir al ciudadano. Sucede que usualmente se está por detrás de las necesidades de las personas; la provincia se inunda, después de muchos años en los que se prometen obras y la percepción de las personas, es que los políticos están prometiendo sin llegar a hacer lo necesario, y bien tantos otros ejemplos en los que el accionar del Estado no alcanza el nivel que es necesario para que las tragedias no sucedan.


Falta de divisiones reales entre los partidos políticos


Las discusiones políticas deberían tener muchos matices, que suelen darse donde realmente la población está comprometida con mejorar el país, pero en los países donde falta compromiso, tiende a haber una polarización entre dos partidos, o un oficialismo y una oposición. En democracias que podrías llamar más avanzadas, debido a una mayor satisfacción de la población con el sistema de representatividad y representantes, suele haber congresos moderados donde la discusión ideológica queda de lado, para pasar a tener discusiones procurando el mejor proyecto de ley posible, o bien, la gestión del dinero en pos de servicios al ciudadano. Eso no significa que sean democracias perfectas, pero los matices de ideología suelen ser representadas con una mayor independencia de cada fuerza con bancas. Este mismo análisis traído a la realidad Argentina, nos presenta un panorama que a simple vista es esperanzador, ya que existen muchos bloques diferentes dentro del Congreso. Pero no se dejen engañar: la mayor parte de dichos bloques, han votado en conjunto con el oficialismo la mayoría de las leyes. Incluso, muchos consideran que esto sucede a cambio de dinero, favores, inmunidad, contratos, o simplemente, poder.


Clientelismo y sistema electoral


Casi todos coincidimos que es inhumano dejar que alguien muera de hambre, y que es responsabilidad de todos preocuparnos porque eso no suceda, y la mayoría coincidiríamos que el Estado puede ser una herramienta para facilitar esa trabajosa tarea. También coincidiríamos que el Estado debe asegurarse el acceso a la educación básica, de forma que todos los ciudadanos tengan las herramientas para expresarse, pensar por sí mismos y desarrollarse. Y por supuesto, también coincidiríamos que el acceso a la salud pública primaria es necesario para también salvaguardar la vida de las personas, cuando están en peligro. Y nuevamente, para cuidar la vida de los ciudadanos, también es necesario que el Estado cumpla con otras funciones, como la seguridad, la Justicia, y la creación de leyes.


El problema existe cuando el Estado utiliza dichas herramientas para dar privilegios a unos, o castigos a otros; una discriminación para quienes piensan como uno, o diferente. Y hemos llegado a tal nivel de conocimiento de estos casos, que una parte de la sociedad cree que los planes sociales únicamente los reciben quienes son adictos al gobierno de turno, sin tomar en cuenta que muchas familias que reciben esa ayuda, realmente la necesitan.


Sin embargo, tendré que ser duro: ese sistema clientelar, no es otra cosa que lo que dicta la ley de oferta y demanda. Si hay quienes quieran comprar votos, habrá interesados en venderlos por algún precio. Y en contra de todo lo que muchos puedan llegar a opinar desde una posición ética, lo que hacen TIENE SENTIDO.


Quien vende su voto está recibiendo algo tangible a cambio de la perpetuación de un sistema que les brinda algo a cambio, mientras que la mayoría de los cambios que otros proponen, no ofrecen nada que las personas puedan oler, tocar o comer en el día de hoy, sino que prometen estabilidad y trabajo a futuro. ¿Qué incentivo tendría esa persona para cambiar un sistema que le entrega algo, para uno que no le entrega nada con seguridad? Por el lado de los compradores de votos, ellos se aseguran que exista una perpetuación del sistema, privilegios para ellos, y sin ningún tipo de consecuencias: aún nadie perdió en La Argentina una elección como voto castigo por este tipo de acciones clientelares, ni tampoco hubo nadie juzgado por malversación de fondos públicos, por lo que no existen incentivos para que dejen de hacerlo.


Si quieren, puedo explicarlo en términos teóricos que si bien son altamente complejos, quienes los comprendan podrán captar la genialidad del razonamiento detrás de las decisiones de quienes son partícipes de esto: es un caso de “viveza criolla”.


¿Existen diferencias, entonces, entre unos y otros políticos?


Sí. Y muchas. Pero eso no significa que siempre sean relevantes para la población, ya que si hacemos una breve encuesta en la calle, o hablamos con algún señor en un bar (donde las verdaderas opiniones de valor suceden), nos encontraremos que ya tienen una posición cocinada acerca de los políticos: son todos corruptos. Si uno intenta que se hagan excepciones, nos encontramos con un panorama sombrío pero real: casi ningún porteño puede nombrar a sus comuneros (siendo 7), o siquiera 10 de los 60 legisladores, o bien, 20 diputados o 10 senadores. Y quien no puede nombrar, no puede conocer, y mucho menos diferenciar. Y lo mismo sucederá con cada distrito electoral del país, donde se pregunte por sus concejales, diputados provinciales o nacionales, y senadores.


Eso no significa que a las personas no les interese el país, o sus distritos. Simplemente, nadie que trabaje, estudie, tenga una familia y no se esté dedicando a la política, tiene tiempo para realmente interiorizarse en cada aspecto que se trata, sino que eligen informarse por medios de comunicación que simplemente, seleccionan lo que consideran que generará más lectores o más rédito para el medio que se publique. Creanme, no suele estar en el top 10 la discusión sobre si aceptar o no la construcción de un puente o cómo se está usando el presupuesto en educación, a menos, que haya un escándalo. ¿Es acaso, entonces, culpa de los medios de comunicación? En absoluto. Sus clientes siempre pueden optar por mirar otros medios. El problema, me temo, es el cliente. Sí, usted. El problema es que las personas están casi desesperadas por juzgar a todos los políticos por igual, y por lo tanto, eligen no informarse al respecto. El problema es no embarrarse y querer saber qué necesitan las personas, en vez de juzgarlas como responsables del sistema clientelar. El problema es que incluso cuando muchos apoyan un eslogan como “Cambiemos”, ellos pretenden que quienes cambien sean los políticos, pero no ellos.


¿Hay, entonces, políticos coherentes? ¿Hay quienes trabajan por mejorar el estándar de vida de los ciudadanos, sin importar si son oficialistas u opositores? ¿Hay quienes denuncian los atropellos a las instituciones? ¿Hay quienes utilizan a la Constitución Nacional como estandarte? Sí. Los hay. No me corresponde juzgar si son honestos o no… pero sí puedo decir que los ciudadanos de las ciudades donde gobierna Cambiemos, han mejorado su estilo de vida. Ya no se inundan como antes, los tiempos de viaje se han acortado, y se han mejorado los espacios verdes de los vecinos, y acercado la gestión hacia ellos. Sin importar qué ideología puede decirse que son, existen quienes han hecho de su gestión una ideología.


Pero se equivocan si cree que eso es suficiente para ganar el 25 de octubre. Este cambio necesita ser cultural: necesita de quienes creemos en la meritocracia, e incluso de quienes subieron puestos sin merecerlos; de quienes ven qué se hace, y de quienes no lo ven. Este cambio necesita que te involucres y veas cómo vota cada diputado y cada senador de tu distrito, y le pidas explicaciones por las veces que votó en contra de los intereses de las personas de tu provincia. Este cambio necesita que incluso los políticos que se han ido reciclando, trabajen de la mejor manera posible por el país. Este cambio necesita de quienes toman en serio las necesidades humanas, y la importancia de la salud y la educación de cada uno, con nombre y apellido, sin tratarlos como si fueran un número de documento más que tiene que votar. Este cambio necesita de quienes pueden ayudar a otros a desarrollarse mejor. Este cambio necesita de todos aquellos que deseamos un cambio: bomberos, policías, médicos, gasistas, amas de casa, desempleados, economistas, vendedores ambulantes y grandes comerciantes, pasteleros, obreros, Testigos de Jehová, estudiantes. Todos.


Pero todo cambio necesita un punto de quiebre. Ese punto en el que uno decide dar un paso en una dirección, y no volver atrás. Ese punto en el que alguien decide dejar de fumar; en el que se decide casarse o bien decide salir a vivir solo, lejos de sus padres. El punto en el que uno se la juega en una inversión, corriendo el riesgo de perder pero también sabiendo que se puede ganar. Ese punto de quiebre, está llegando; y será cuando tengamos que salir todos los argentinos a cuidar los votos, para que el cambio sea posible. Ese 25 de octubre, ¿dónde querés estar? ¿Entre los que quieren construir el cambio decidiendo ese día no volver a la vieja política, o entre los que creen que el cambio tienen que hacerlo los otros?


Cambiemos. Juntos. Todos.